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viernes, 22 de septiembre de 2017

CORRUPTO




El amanecer me encontró con los ojos abiertos; hacía mucho tiempo que no dormía. Un viento cálido avivó la putrefacción que me rodeaba, pero yo ya no olía nada.

No tenía hambre, comía para saciar una ansiedad que se había convertido en una oquedad insondable. Comía y vomitaba, y otra vez comía lo que acababa de vomitar. Así, cada día estaba más ligero, y me convertí en una marioneta de alambre llena de miedos; en especial por las noches.

Oí un ruido a mi lado; era el ataúd de mi dueño. El susto hizo que intentara alejarme, pero entonces la cadena sujeta a mi tobillo me recordó que estaba allí para siempre.

Algo escaló mi garganta provocándome una convulsión. Era sangre; un coágulo negro que se había pegado a las paredes de mi laringe. Escupí el coágulo en mis manos, que temblaban, descamadas hasta el punto en que las uñas comenzaban a desprenderse de mis dedos.

El sol iluminó la cadena que, aun oxidada, se reflejó en mi mirada cegándome un instante. Al recuperar la vista miré el grillete en mi tobillo y me di cuenta que ya no estaba ajustado; el peso que había perdido hizo que me quedara suelto, y comencé entonces a liberarme.

El metal desgarró la piel de mi tobillo y hasta un trozo del hueso de mi talón, pero yo no sentía dolor físico. Por fin pude pasar el grillete a través mi pie, y fui libre.

Ya no estaba encadenado, pero en el fondo sabía que no podría alejarme de allí; aún sentía que todo lo malo que me había pasado era por mi culpa, y que continuaba siendo esclavo del ser que descansaba en el ataúd.

Miré alrededor y encontré un trozo de madera. No habría tenido la fuerza necesaria para partirlo al medio, pero estaba en tal estado de descomposición que me fue fácil quebrarlo, dejando en una de las mitades una punta con filo.

La tapa del ataúd era imposible de levantar para alguien en mi patético estado, por lo que debí golpear para que él lo hiciera; y entonces la abrió:

– ¿Qué quieres, esperpento?, ¿no ves que es de día?

– Esto se ha terminado – le dije.

Me miró con un leve aire de sorpresa, no como si le importara, sino más bien anonadado de que con mi voz, cada día más débil, pudiera emitir palabras que no respondieran a algo que él había preguntado.

– ¡Esto se ha terminado! – dije en tono más fuerte.

– Te oí la primera vez, esperpento – dijo él –. Vuelve a tu rincón y déjame seguir durmiendo.

– No…, no entendiste. Esto se ha terminado… ¡para ti!

Levanté la estaca y la clavé con todas mis fuerzas en el centro de su pecho, y él emitió un grito de dolor que hizo eco en cada rincón del castillo.

En un instante, el ser que me dominaba había perdido todo su poder:

– ¡Espera! – dijo – No me mates. Quítame la estaca, por favor. No fue mi intención esclavizarte; no lo pude evitar; es por culpa de mi alma.

El nudo en mi pecho se desató, y una paz interior me acogió como una madre. Necesitaba oír esas palabras, oírlas de su parte, y dejar de sentirme como el único culpable de mis desgracias.

– Lo lamento – continuó –. Mi alma está viciada, corrupta; infecta de enfermedades que no tienen cura. Por eso preciso alimentarme de tu sangre, drenarte gota a gota, hasta que no te quede nada.

Sujeté la estaca y la retorcí sobre la herida, y pronto soltó un último aliento. Su rostro no cambió; mantuvo el gesto de difunto que tuvo siempre.

Sonreí luego de mucho tiempo; el rostro me dolió al hacerlo, a falta de costumbre. Me alejé del cadáver y subí las escaleras, que se volvieron menos húmedas con cada escalón.

Llegué a un salón lleno de lujos, y logré abrir el portón a pesar de su tamaño; había comenzado a recuperar mis fuerzas.

Corrí por un bosque entre hermosas criaturas que me miraban cada vez vemos asustadas. Al principio las aves se alejaban ante mis pasos, luego mi respiración dejó de oírse como la de un engendro del averno y me sentí parte de la belleza que me rodeaba.

Pronto comencé a caminar mejor, a pararme más erguido, y hasta disfruté del aroma de las flores.

Llegué de pronto al final del bosque, y me quedé escondido entre las plantas para observar un pequeño poblado. El sitio me recordó al lugar en donde yo había nacido, y por un momento sospeché que se trataba del mismo pueblo.

Miré la gente pasar; personas llenas de vida. Me habría gustado estar con ellas para compartir su felicidad, quererlas y que me quieran, pero existe un problema: mi alma ahora está viciada, corrupta; infecta de enfermedades que no tienen cura. Por eso preciso alimentarme de la sangre de alguien más, drenarlo gota a gota, hasta que no le quede nada.




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lunes, 11 de septiembre de 2017

GÚLNAROK


Escrito junto a César Cibeles.






Me encanta la oscuridad, pues amplía mi visión.
La luz tiende a cegarnos, sin dejarnos ver lo obvio.


I


Hubo un tiempo en que hubo paz para Gabriel, una luz en su presente y proyectos en su futuro; pero poco a poco El Gúlnarok tomó el control.

La primera vez que apareció fue en el verano del sesenta y tres, cuando tenía siete años de edad. Su tía Angélica, prima de su madre, fue a visitar a su familia luego de años sin verse. Su madre habría querido sorprender con una onerosa vajilla a la mujer de traje color rosado y sombrero con plumas, pero por no tener ni dos platos iguales, sirvió la cena en la cocina y luego llevo los platos llenos a la mesa.

Angélica se había casado con un hombre rico que vivía en el campo,de todas maneras, no era necesario tener demasiado dinero para parecer rico frente a la miseria en la que vivía la familia de Gabriel.

Durante la comida, ella habló sobre una venta y un juicio. Nadie en la mesa comprendió;no supo explicarse; la verdad es que solo había ido a la ciudad a comprar ropa y accesorios.

La madre de Gabriel ya no soportaba a su prima, quizás porque ella no se había casado con un hombre rico, y apenas Angélica se levantó para ir al baño, lo dijo sin vueltas:

– Cuando éramos jóvenes, mi prima no tenía ni qué ponerse; más de una vez le di ropa usada mía sin que me diera las gracias. De todas maneras, sigue teniendo mal gusto.

La madre de Gabriel solía usar pañuelos en la cabeza y un delantal lleno de huellas dactilares de harina; así y todo, sonaba como una experta a la hora de juzgar a los demás.

Por la noche, el joven se levantó y se cruzó con Angélica. Hablaron durante horas en la cocina. La mujer le contó que su casa era muy grande y estaba en medio del campo. Le dijo que tenía muchos animales y que sus primos, a quienes él no conocía, eran gemelos y tenían dos años más que él. Se quedaron hablando hasta muy tarde y a la mañana siguiente el niño solo pensaba en ir a conocer su hogar.

Al día siguiente la tía propuso llevar al pequeño a pasar el verano con ella; y ese fue uno de los momentos más felices de su vida.

No pudiendo ir de vacaciones a ningún lado, para los padres fue un alivio que él pasara el receso escolar con sus tíos.

Días después partieron juntos en tren; ella, tan elegante como siempre; él, no tanto.

Compraron boletos de primera clase y Gabriel no podía controlar su excitación. Recorrió el tren completo con la mirada, la gente le sonreía al pasar en respuesta a la alegría que le desbordaba.

Al principio el tren estaba lleno, luego de un rato se fue vaciando a la vez que lo hacía el exterior. Las edificaciones comenzaron a escasear hasta que llegó un punto en el que no había más que campo a su alrededor, y Gabriel y su tía quedaron solos en el vagón junto con un hombre barbudo que los miraba desde lejos.

El niño se quedó dormido en el regazo de Angélica; había pasado la noche anterior sin dormir debido al entusiasmo. Cuando llegaron a la estación ella lo despertó abriendo un poco la persiana del tren para que entrara la luz y moviéndolo con el hombro con suavidad. La luz iluminó su rostro a la vez que escuchó la delicada voz de su tía:

– Despierta, Gabi; hemos llegado.


II


En la estación tomaron un taxi hasta la casa, y Gabriel quedó impactado ante la enorme arboleda que se puso frente a él. Un aroma campestre llenó sus pulmones. Acostumbrado a la vida citadina llena de contaminación y comida frita, el niño comenzó a toser; pero pronto respiró con normalidad.

Corriendo hacia él llegaron dos muchachos pelirrojos con el rostro lleno de pecas; eran sus primos. Eran idénticos, y Gabriel se sintió aún más extraño cuando comenzaron a inspeccionarlo de arriba abajo. Sus narices respingadas le dieron la sensación de unos cerdos oliéndolo con desprecio. No estaba errado; pronto los gemelos, aburridos de torturar a sus patos, conejos y vacas, lo convirtieron en su nueva víctima.

Una tarde, cuando estaba oscureciendo, los tres jóvenes fueron a un cobertizo en desuso:

– Aquí es donde mi papá esconde su gran secreto – dijo uno de los gemelos.

El lugar tenía unas paredes de ladrillo llena de agujeros, un techo de chapa oxidada, y un piso de cemento cubierto de tierra. Estaba repleto de maquinaria de campo antigua y cajones de madera.

– ¿Aquí? – preguntó Gabriel –, pero si está todo sucio…

– Aquí no, idiota – dijo el otro gemelo –; debajo.

Los hermanos se pararon junto a una compuerta sobre el suelo y la abrieron. No se podía ver nada, pero Gabriel tuvo la sensación de que el subsuelo era gigantesco, e imaginó que todo un mundo de cosas cabría allí.

– ¿Y cuál es el secreto?

– Bajemos y lo verás. Tú baja primero, Gabriel.

El niño se quedó pensativo en el lugar.

– ¿Acaso tienes miedo? Yo sabía que eras un maricón.

– ¡No es cierto! – dijo Gabriel. Y bajó las escaleras.

Luego de descender, los gemelos cerraron la puerta dejándolo en una oscuridad absoluta. Gabriel subió de nuevo las escaleras y golpeó la puerta en la que se habían parado los dos muchachos. Gritó y sollozó, pero los gemelos pelirrojos no hacían más que reírse de su pequeño primo; y entonces el Gúlnarok apareció.

Dicen que la oscuridad es la ausencia de luz, pero en aquel sótano, la luz se convirtió en ausencia de oscuridad. Todo comenzó a iluminarse, como si algo barriera las tinieblas de las paredes, del suelo y del techo. Gabriel vio que en un rincón se acumulaba toda la negrura a su alrededor. Un ser alargado y de muchas extremidades comenzó a rodear al niño que temblaba enmudecido.

– ¡Oye! – gritó uno de los gemelos – ¿Qué pasa que no hablas?, ¿las ratas te comieron la lengua?

– ¡Eres tan maricón que ya ni te defiendes! – dijo el otro muchacho.

Gabriel no contestaba.

– ¿Se habrá muerto asfixiado?

– No, estúpido, tiene mucho aire ahí dentro.

– Eso dijiste cuando matamos a la gallina, bobo.

– Pero a la gallina la dejamos un día entero, además el baúl es mucho más chico que el sótano.

– Pero Gabriel es mucho más grande que la gallina. Además, no sabemos cuánto tardó la gallina en morir, quizás murió a los pocos minutos…

Un ruido interrumpió la conversación de los gemelos.

– ¿Qué fue eso?, ¿le abrimos?

No hubo necesidad de hacerlo, algo levantó la puerta del sótano rompiendo la traba y tirando a los dos hermanos hacia atrás. Pronto las tinieblas llenaron el cobertizo y los gritos de los muchachos pelirrojos se escucharon en el vacío del campo. Al día siguiente Gabriel estaba de regreso en su casa y jamás volvió a saber nada sobre su tía.


III


Su madre debió ir a buscar al niño y casi no hablaron durante el trayecto en tren. Pero en un momento, justo cuando el vagón estaba lleno, ella no lo soportó:

– ¡Me has avergonzado, Gabriel! Golpear de ese modo a esos pobres niños.

– Ellos me maltrataron desde el primer día, además son más grandes que yo, te juro que yo no fui.

– Pues Angélica dijo que fuiste tú.

– Es que no le expliqué porque no me iba a entender. Fue algo que había en el sótano, no sé bien cómo sucedió.

– Pues yo sí lo sé, sucede que no volverás a ir allí jamás.

El niño miró a su alrededor; algunos pasajeros se habían volteado con disimulo para verlos, por lo que prefirió guardar el secreto. Debía aceptar los hechos; había lastimado a sus dos primos, aunque lo hizo con ayuda de aquella sombra que vio cuando estaba encerrado.

Días después, justo cuando estaba comenzando a olvidar al ser que conoció en el sótano, volvió a encontrarlo; esa vez, en un sueño:

“¡Esos malditos! Lo hemos hecho bien, pero habrá otros; este es un mundo oscuro plagado de enemigos. Pero no debes preocuparte, el Gúlnarok está aquí. El Gúlnarok está en tu interior, y saldrá a la luz cuando lo necesites”.

Gabriel despertó agitado y empapado en sudor. Pensó que su mente le había jugado una broma, esa horrenda voz que le habló no tenía rostro, no tenía forma. En su sueño solo se vio a sí mismo envuelto en una oscura humareda, pero desde un principio supo que era la misma criatura que vio en el sótano la que le habló.

La noche siguiente, al acostarse, no logró conciliar el sueño con facilidad. Cada vez que estaba a punto de dormirse sentía que las sombras de la habitación se acercaban a su cama, como si decenas de largas patas arácnidas bajaran desde el techo, sorteando las paredes y los muebles, hasta arrastrarse por el suelo. Tras prender la lámpara de su mesa de luz, pudo descansar unas pocas horas.

Los años pasaron y Gabriel no volvió a tener noticias del Gúlnarok, claro que dormía con la luz prendida y evitaba quedarse a oscuras. Sus costumbres lo alejaron de ciertas actividades sociales como ir al cine o quedarse hasta tarde en la casa de un compañero de escuela, y así Gabriel se convirtió en un joven tímido y solitario.

En una oportunidad, su maestra dio para leer un libro de cuentos de terror de varios autores. El joven intentó leerlos, pero cada situación lo envolvía, era demasiado para él. Comenzó con un cuento de Lovecraft que dejó a la mitad porque no soportó la densidad de la atmósfera, quiso seguir con uno de Poe, pero pronto comenzó a sentir las mismas fobias del protagonista. Días después no había terminado ni un solo relato y ya había llegado el momento de la lección:

– A ver, Joaquín, dime tu opinión sobre el libro. ¿Has leído algún cuento?

Joaquín se puso de pie y comenzó a revolear los ojos esperando que algún compañero le proporcionara un dato útil.

– Leí uno sobre… un monstruo…– dijo mientras ojeaba el libro – No recuerdo el nombre.

– ¿Acaso leíste La llamada de Cthulhu?

– Ese leí; sí.

– Dinos de qué se trata – dijo la maestra.

– Es sobre un llamado telefónico… Aquel que lo recibe, se muere.

– Siéntate, Joaquín – dijo la maestra mientras anotaba otro desaprobado en la libreta del joven – Dime tú, Gabi, ¿qué cuentos has leído?

Gabi se puso de pie y comenzó a temblar. Era un excelente alumno, y aquella había sido la primera vez que no había terminado una tarea escolar.

– No leí ninguno. Es que…, no sé…, no los pude terminar.

Joaquín comenzó a reír:

– ¡Seguro que le dieron miedo!

Gabriel se ruborizó. Era cierto, le habían dado miedo. En cada acción vil que leía se veía así mismo realizándola, cada monstruo en las historias no era más que una máscara distinta para un mismo Gúlnarok.

La maestra perdonó al joven por su falta de lectura.De todas maneras, no era eso lo que preocupaba a Gabriel; él se quedó pensando en qué haría el Gúlnarok ante la risa burlona de Joaquín.

Durante el recreo, Gabriel observó a Joaquín desde lejos, sentado bajo una palmera. Cuando lo vio dirigirse al baño, lo siguió. Allí se puso detrás de él, y las sombras del lugar comenzaron a acercarse. Cuando Joaquín se dio la vuelta, todas las lámparas del baño explotaron a la vez.

No se veía nada, solo una pequeña silueta que comenzó a crecer con proporciones inhumanas

– Me encanta la oscuridad – dijo la silueta –, pues amplía mi visión. La luz tiende a cegarnos, sin dejarnos ver lo obvio.

Un golpe en el rostro dejó inconsciente a Joaquín. Lo encontraron horas más tarde, pero jamás se atrevió a explicar lo ocurrido. El informe dice que fue un caso de presión ocular. Gabriel no tuvo más dificultades en leer libros a partir de entonces. Joaquín tampoco, con la excepción de que el siguiente libro que leyó estaba escrito en braille.


IV


Una leyenda negra sobre el Gúlnarok se fue extendiendo, primero por el colegio y más tarde por toda la ciudad. Se hablaba de una sombra maligna que perseguía a un niño y que traía la muerte con ella. Era común descubrir a niños agazapados tras un pupitre, tiritando como hojas azotadas por el viento. Cuando eran descubiertos por algún profesor, el alumno solo conseguía responder entre balbuceos que había visto a la sombra negra como la boca de un lobo. Los adultos no les creían, pensaban que los niños habían dejado volar su imaginación abonada por el miedo y la oscuridad. Se habían asustado por el movimiento de una cortina o por el balancear de una lámpara de techo, pero si realmente hubieran encontrado a la sombra ya no estarían con vida.

Luego los mayores comenzaron a creerles. Algunos muchachos aparecieron con los ojos reventados, aplastados con sus propios pulgares. Otros no tuvieron tanta suerte, y sus cabezas fueron enterradas en un agujero excavado en el suelo con una fuerza sobrehumana y posteriormente rellenado, dejando a los niños sin aire que respirar. La oscuridad tenía muchos modos de matar, después de todo. De camino al colegio, Juan Ciechi, un alumno de tercero, atravesó la avenida más concurrida de la ciudad en hora punta, con un trapo cubriéndole los ojos. Alguien le había pegado el trapo con una especie de resina para que no pudiera arrancárselo.

Las muertes se sucedieron una tras otra, hasta la llegada del solsticio de invierno. La noche más larga del año trajo consigo un miedo cerval a la ciudad. Gabriel, más fuerte que nunca, recorrió las calles sembrando la destrucción envuelto por aquella oscuridad duradera.

Un grupo de adolescentes, creyéndose todavía inmortales a esa edad, decidieron enfrentarse a Gabriel y al Gúlnarok, pero no tardaron en descubrir que su inmortalidad era tan solo una máscara para el miedo. A uno de ellos le arrancó los ojos con unos ganchos para carne. El segundo murió con una capucha en su cabeza, degollado como si se tratase de una reedición de la revolución francesa. El tercero parecía haber sido rociado con ácido en la cara. Él mismo saltó desde un puente mientras corría sin visión como un pollo sin cabeza por el asfalto. Solo el cuarto consiguió huir, pero lo hizo cuando ya había perdido su ojo derecho, atravesado por un dardo.

El superviviente consiguió llegar hasta un bar donde había mucha gente reunida frente al televisor. Llegó gritando con el ojo todavía colgando delante de su nariz. La concurrencia lo miró horrorizado. Su cara, teñida de sangre, le daba el aspecto de un demonio salido de las entrañas de la tierra. Una mujer se desmayó al no poder soportar el horror mientras el niño contaba su terrible historia.

Se organizaron partidas de caza. Nadie estaba seguro de lo que iban buscando, pero todos tenían la certeza de que lo reconocerían en cuanto lo vieran. La búsqueda no tuvo que prolongarse demasiado, pues a media noche Gabriel se sentía tan fuerte como un dios, y fue voluntariamente al encuentro de aquellos pusilánimes que habían decidido enfrentarlo.

Ninguno de los cazadores había imaginado que tendría que combatir con un niño; tal vez un compañero de su hijo. Sintieron miedo al pensar que sus vástagos habían estado tan expuestos a la muerte, sin que ellos hubieran podido imaginarlo. Aquello los llenó de odio, y con una mirada cómplice y furtiva se pusieron de acuerdo para acabar con aquella criatura del averno.

Gabriel y su fiel Gúlnarok comenzaron tomando ventaja. Un par de hombres se dispararon en la cara a sí mismos nada más comenzar el altercado. Al ver aquello, otros tantos huyeron calle abajo pensando que así podrían evitar la ira del señor de la Oscuridad. Cambiaron de idea cuando un cable de acero les seccionó la cabeza. Estaba tendido entre los dos extremos de un callejón, pero la oscuridad les impidió verlo.

─ Relatos Oscuros –dijo Gabriel –, así son nuestros Relatos Oscuros ─ lo dijo con una voz tan grave que parecía imposible que perteneciera a un niño.

Una risa macabra que no provenía de ninguna parte siguió a las palabras del muchacho. Los adultos se sentían impotentes ante su poder, y el miedo les hizo encoger. Uno tras otro fueron cayendo sin visión y sin vida al frío asfalto tan negro como el reino de las tinieblas. Parecía que la ciudad entera iba a sucumbir ante el empuje de aquel monstruo y su sombra. 

Entonces ocurrió lo inesperado. Más tarde, muchos se atribuyeron la hazaña, pero lo cierto es que fue Hipólito López quien encendió las luces de su Ford Mondeo y privó al Gúlnarok de su poder. Al ver como la luz lo afectaba, los policías que estaban allí lo iluminaron con sus linternas, hasta que el engendro desapareció dejando que Gabriel enfrentara solo a un ejército de adultos armados hasta los dientes.

El muchacho comprendió que no tenía ninguna oportunidad y cayó de rodillas, rindiéndose sin condiciones. Varios hombres se le echaron encima y lo encadenaron de pies y manos, terminando así lo que más tarde sería conocida como La Noche Oscura.


V


Gabriel estuvo años a cargo de diferentes doctores que no hacían más que sedarlo cada vez que se comportaba de manera extraña. Las medicinas para la esquizofrenia lo mantenían en un estado de paz que él llegó a apreciar, pero no lograron matar al Gúlnarok.

Luego de la cantidad de asesinatos, jamás lo dejarían libre, pero la verdad es que él tampoco quería salir de aquel hospital; sabía que allí era el único sitio en donde podía tener a la bestia bajo control.

Luego de varios tratamientos, los psiquiatras lograron una forma de neutralizar la oscura personalidad de Gabriel sin necesidad de darle tantos medicamentos: lo internaron en una habitación solitaria iluminada con diez lámparas de luz clara.

Su acolchada habitación no tenía un centímetro de sombra, y el Gúlnarok durmió por años.

Gabriel se pasaba el día leyendo poesía e historias románticas, de hecho, leía cualquier cosa que no tuviera el más mínimo resquicio de terror entre sus líneas. No quería brindarle a la monstruosa criatura ningún incentivo para que volviera a emerger. Pero fue solo cuestión de tiempo para que tanta energía latente estallase de una vez.

Una noche, dos enfermeros se acercaron por el pasillo:

– Esta noche le daré una lección a ese loquito – dijo el más corpulento.

Había pedido el traslado hacía mucho tiempo, esperando la oportunidad de vengar la muerte de su hermano en el último acto violento de Gabriel. Y esperó una noche de fin de semana largo en la que el hospital estaba con muy poco personal.

El enorme enfermero abrió la ventanilla de la celda de Gabriel y se asomó:

– Hola, enfermito. Tú asesinaste a mi hermano en La Noche Oscura. Lo encontraron con una capucha en la cabeza, degollado. Eres un torturador y un asesino. Yo te quitaré lo loco a golpes.

Gabriel seguía sentado en el suelo en un rincón, con la cabeza baja, leyendo como si nada hubiese ocurrido.

El enfermero sacó un bastón de su cintura e ingresó a la habitación. Pronto debió cubrirse el rostro con la mano porque la luz lo estaba cegando.

–¿Por qué hay tanta luz acá? – gritó el enfermero obeso – ¿Puedes apagar algunas?

El más pequeño de los enfermeros salió de nuevo al pasillo y bajó cinco perillas; apagando todas las luces en el interior de la habitación. Varias sombras comenzaron a danzar en el suelo, rodeando a Gabriel, y de pronto éste alzó la mirada:

– Me encanta la oscuridad… – dijo al fin.




FIN




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