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viernes, 22 de septiembre de 2017

CORRUPTO




El amanecer me encontró con los ojos abiertos; hacía mucho tiempo que no dormía. Un viento cálido avivó la putrefacción que me rodeaba, pero yo ya no olía nada.

No tenía hambre, comía para saciar una ansiedad que se había convertido en una oquedad insondable. Comía y vomitaba, y otra vez comía lo que acababa de vomitar. Así, cada día estaba más ligero, y me convertí en una marioneta de alambre llena de miedos; en especial por las noches.

Oí un ruido a mi lado; era el ataúd de mi dueño. El susto hizo que intentara alejarme, pero entonces la cadena sujeta a mi tobillo me recordó que estaba allí para siempre.

Algo escaló mi garganta provocándome una convulsión. Era sangre; un coágulo negro que se había pegado a las paredes de mi laringe. Escupí el coágulo en mis manos, que temblaban, descamadas hasta el punto en que las uñas comenzaban a desprenderse de mis dedos.

El sol iluminó la cadena que, aun oxidada, se reflejó en mi mirada cegándome un instante. Al recuperar la vista miré el grillete en mi tobillo y me di cuenta que ya no estaba ajustado; el peso que había perdido hizo que me quedara suelto, y comencé entonces a liberarme.

El metal desgarró la piel de mi tobillo y hasta un trozo del hueso de mi talón, pero yo no sentía dolor físico. Por fin pude pasar el grillete a través mi pie, y fui libre.

Ya no estaba encadenado, pero en el fondo sabía que no podría alejarme de allí; aún sentía que todo lo malo que me había pasado era por mi culpa, y que continuaba siendo esclavo del ser que descansaba en el ataúd.

Miré alrededor y encontré un trozo de madera. No habría tenido la fuerza necesaria para partirlo al medio, pero estaba en tal estado de descomposición que me fue fácil quebrarlo, dejando en una de las mitades una punta con filo.

La tapa del ataúd era imposible de levantar para alguien en mi patético estado, por lo que debí golpear para que él lo hiciera; y entonces la abrió:

– ¿Qué quieres, esperpento?, ¿no ves que es de día?

– Esto se ha terminado – le dije.

Me miró con un leve aire de sorpresa, no como si le importara, sino más bien anonadado de que con mi voz, cada día más débil, pudiera emitir palabras que no respondieran a algo que él había preguntado.

– ¡Esto se ha terminado! – dije en tono más fuerte.

– Te oí la primera vez, esperpento – dijo él –. Vuelve a tu rincón y déjame seguir durmiendo.

– No…, no entendiste. Esto se ha terminado… ¡para ti!

Levanté la estaca y la clavé con todas mis fuerzas en el centro de su pecho, y él emitió un grito de dolor que hizo eco en cada rincón del castillo.

En un instante, el ser que me dominaba había perdido todo su poder:

– ¡Espera! – dijo – No me mates. Quítame la estaca, por favor. No fue mi intención esclavizarte; no lo pude evitar; es por culpa de mi alma.

El nudo en mi pecho se desató, y una paz interior me acogió como una madre. Necesitaba oír esas palabras, oírlas de su parte, y dejar de sentirme como el único culpable de mis desgracias.

– Lo lamento – continuó –. Mi alma está viciada, corrupta; infecta de enfermedades que no tienen cura. Por eso preciso alimentarme de tu sangre, drenarte gota a gota, hasta que no te quede nada.

Sujeté la estaca y la retorcí sobre la herida, y pronto soltó un último aliento. Su rostro no cambió; mantuvo el gesto de difunto que tuvo siempre.

Sonreí luego de mucho tiempo; el rostro me dolió al hacerlo, a falta de costumbre. Me alejé del cadáver y subí las escaleras, que se volvieron menos húmedas con cada escalón.

Llegué a un salón lleno de lujos, y logré abrir el portón a pesar de su tamaño; había comenzado a recuperar mis fuerzas.

Corrí por un bosque entre hermosas criaturas que me miraban cada vez vemos asustadas. Al principio las aves se alejaban ante mis pasos, luego mi respiración dejó de oírse como la de un engendro del averno y me sentí parte de la belleza que me rodeaba.

Pronto comencé a caminar mejor, a pararme más erguido, y hasta disfruté del aroma de las flores.

Llegué de pronto al final del bosque, y me quedé escondido entre las plantas para observar un pequeño poblado. El sitio me recordó al lugar en donde yo había nacido, y por un momento sospeché que se trataba del mismo pueblo.

Miré la gente pasar; personas llenas de vida. Me habría gustado estar con ellas para compartir su felicidad, quererlas y que me quieran, pero existe un problema: mi alma ahora está viciada, corrupta; infecta de enfermedades que no tienen cura. Por eso preciso alimentarme de la sangre de alguien más, drenarlo gota a gota, hasta que no le quede nada.




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lunes, 11 de septiembre de 2017

GÚLNAROK


Escrito junto a César Cibeles.






Me encanta la oscuridad, pues amplía mi visión.
La luz tiende a cegarnos, sin dejarnos ver lo obvio.


I


Hubo un tiempo en que hubo paz para Gabriel, una luz en su presente y proyectos en su futuro; pero poco a poco El Gúlnarok tomó el control.

La primera vez que apareció fue en el verano del sesenta y tres, cuando tenía siete años de edad. Su tía Angélica, prima de su madre, fue a visitar a su familia luego de años sin verse. Su madre habría querido sorprender con una onerosa vajilla a la mujer de traje color rosado y sombrero con plumas, pero por no tener ni dos platos iguales, sirvió la cena en la cocina y luego llevo los platos llenos a la mesa.

Angélica se había casado con un hombre rico que vivía en el campo,de todas maneras, no era necesario tener demasiado dinero para parecer rico frente a la miseria en la que vivía la familia de Gabriel.

Durante la comida, ella habló sobre una venta y un juicio. Nadie en la mesa comprendió;no supo explicarse; la verdad es que solo había ido a la ciudad a comprar ropa y accesorios.

La madre de Gabriel ya no soportaba a su prima, quizás porque ella no se había casado con un hombre rico, y apenas Angélica se levantó para ir al baño, lo dijo sin vueltas:

– Cuando éramos jóvenes, mi prima no tenía ni qué ponerse; más de una vez le di ropa usada mía sin que me diera las gracias. De todas maneras, sigue teniendo mal gusto.

La madre de Gabriel solía usar pañuelos en la cabeza y un delantal lleno de huellas dactilares de harina; así y todo, sonaba como una experta a la hora de juzgar a los demás.

Por la noche, el joven se levantó y se cruzó con Angélica. Hablaron durante horas en la cocina. La mujer le contó que su casa era muy grande y estaba en medio del campo. Le dijo que tenía muchos animales y que sus primos, a quienes él no conocía, eran gemelos y tenían dos años más que él. Se quedaron hablando hasta muy tarde y a la mañana siguiente el niño solo pensaba en ir a conocer su hogar.

Al día siguiente la tía propuso llevar al pequeño a pasar el verano con ella; y ese fue uno de los momentos más felices de su vida.

No pudiendo ir de vacaciones a ningún lado, para los padres fue un alivio que él pasara el receso escolar con sus tíos.

Días después partieron juntos en tren; ella, tan elegante como siempre; él, no tanto.

Compraron boletos de primera clase y Gabriel no podía controlar su excitación. Recorrió el tren completo con la mirada, la gente le sonreía al pasar en respuesta a la alegría que le desbordaba.

Al principio el tren estaba lleno, luego de un rato se fue vaciando a la vez que lo hacía el exterior. Las edificaciones comenzaron a escasear hasta que llegó un punto en el que no había más que campo a su alrededor, y Gabriel y su tía quedaron solos en el vagón junto con un hombre barbudo que los miraba desde lejos.

El niño se quedó dormido en el regazo de Angélica; había pasado la noche anterior sin dormir debido al entusiasmo. Cuando llegaron a la estación ella lo despertó abriendo un poco la persiana del tren para que entrara la luz y moviéndolo con el hombro con suavidad. La luz iluminó su rostro a la vez que escuchó la delicada voz de su tía:

– Despierta, Gabi; hemos llegado.


II


En la estación tomaron un taxi hasta la casa, y Gabriel quedó impactado ante la enorme arboleda que se puso frente a él. Un aroma campestre llenó sus pulmones. Acostumbrado a la vida citadina llena de contaminación y comida frita, el niño comenzó a toser; pero pronto respiró con normalidad.

Corriendo hacia él llegaron dos muchachos pelirrojos con el rostro lleno de pecas; eran sus primos. Eran idénticos, y Gabriel se sintió aún más extraño cuando comenzaron a inspeccionarlo de arriba abajo. Sus narices respingadas le dieron la sensación de unos cerdos oliéndolo con desprecio. No estaba errado; pronto los gemelos, aburridos de torturar a sus patos, conejos y vacas, lo convirtieron en su nueva víctima.

Una tarde, cuando estaba oscureciendo, los tres jóvenes fueron a un cobertizo en desuso:

– Aquí es donde mi papá esconde su gran secreto – dijo uno de los gemelos.

El lugar tenía unas paredes de ladrillo llena de agujeros, un techo de chapa oxidada, y un piso de cemento cubierto de tierra. Estaba repleto de maquinaria de campo antigua y cajones de madera.

– ¿Aquí? – preguntó Gabriel –, pero si está todo sucio…

– Aquí no, idiota – dijo el otro gemelo –; debajo.

Los hermanos se pararon junto a una compuerta sobre el suelo y la abrieron. No se podía ver nada, pero Gabriel tuvo la sensación de que el subsuelo era gigantesco, e imaginó que todo un mundo de cosas cabría allí.

– ¿Y cuál es el secreto?

– Bajemos y lo verás. Tú baja primero, Gabriel.

El niño se quedó pensativo en el lugar.

– ¿Acaso tienes miedo? Yo sabía que eras un maricón.

– ¡No es cierto! – dijo Gabriel. Y bajó las escaleras.

Luego de descender, los gemelos cerraron la puerta dejándolo en una oscuridad absoluta. Gabriel subió de nuevo las escaleras y golpeó la puerta en la que se habían parado los dos muchachos. Gritó y sollozó, pero los gemelos pelirrojos no hacían más que reírse de su pequeño primo; y entonces el Gúlnarok apareció.

Dicen que la oscuridad es la ausencia de luz, pero en aquel sótano, la luz se convirtió en ausencia de oscuridad. Todo comenzó a iluminarse, como si algo barriera las tinieblas de las paredes, del suelo y del techo. Gabriel vio que en un rincón se acumulaba toda la negrura a su alrededor. Un ser alargado y de muchas extremidades comenzó a rodear al niño que temblaba enmudecido.

– ¡Oye! – gritó uno de los gemelos – ¿Qué pasa que no hablas?, ¿las ratas te comieron la lengua?

– ¡Eres tan maricón que ya ni te defiendes! – dijo el otro muchacho.

Gabriel no contestaba.

– ¿Se habrá muerto asfixiado?

– No, estúpido, tiene mucho aire ahí dentro.

– Eso dijiste cuando matamos a la gallina, bobo.

– Pero a la gallina la dejamos un día entero, además el baúl es mucho más chico que el sótano.

– Pero Gabriel es mucho más grande que la gallina. Además, no sabemos cuánto tardó la gallina en morir, quizás murió a los pocos minutos…

Un ruido interrumpió la conversación de los gemelos.

– ¿Qué fue eso?, ¿le abrimos?

No hubo necesidad de hacerlo, algo levantó la puerta del sótano rompiendo la traba y tirando a los dos hermanos hacia atrás. Pronto las tinieblas llenaron el cobertizo y los gritos de los muchachos pelirrojos se escucharon en el vacío del campo. Al día siguiente Gabriel estaba de regreso en su casa y jamás volvió a saber nada sobre su tía.


III


Su madre debió ir a buscar al niño y casi no hablaron durante el trayecto en tren. Pero en un momento, justo cuando el vagón estaba lleno, ella no lo soportó:

– ¡Me has avergonzado, Gabriel! Golpear de ese modo a esos pobres niños.

– Ellos me maltrataron desde el primer día, además son más grandes que yo, te juro que yo no fui.

– Pues Angélica dijo que fuiste tú.

– Es que no le expliqué porque no me iba a entender. Fue algo que había en el sótano, no sé bien cómo sucedió.

– Pues yo sí lo sé, sucede que no volverás a ir allí jamás.

El niño miró a su alrededor; algunos pasajeros se habían volteado con disimulo para verlos, por lo que prefirió guardar el secreto. Debía aceptar los hechos; había lastimado a sus dos primos, aunque lo hizo con ayuda de aquella sombra que vio cuando estaba encerrado.

Días después, justo cuando estaba comenzando a olvidar al ser que conoció en el sótano, volvió a encontrarlo; esa vez, en un sueño:

“¡Esos malditos! Lo hemos hecho bien, pero habrá otros; este es un mundo oscuro plagado de enemigos. Pero no debes preocuparte, el Gúlnarok está aquí. El Gúlnarok está en tu interior, y saldrá a la luz cuando lo necesites”.

Gabriel despertó agitado y empapado en sudor. Pensó que su mente le había jugado una broma, esa horrenda voz que le habló no tenía rostro, no tenía forma. En su sueño solo se vio a sí mismo envuelto en una oscura humareda, pero desde un principio supo que era la misma criatura que vio en el sótano la que le habló.

La noche siguiente, al acostarse, no logró conciliar el sueño con facilidad. Cada vez que estaba a punto de dormirse sentía que las sombras de la habitación se acercaban a su cama, como si decenas de largas patas arácnidas bajaran desde el techo, sorteando las paredes y los muebles, hasta arrastrarse por el suelo. Tras prender la lámpara de su mesa de luz, pudo descansar unas pocas horas.

Los años pasaron y Gabriel no volvió a tener noticias del Gúlnarok, claro que dormía con la luz prendida y evitaba quedarse a oscuras. Sus costumbres lo alejaron de ciertas actividades sociales como ir al cine o quedarse hasta tarde en la casa de un compañero de escuela, y así Gabriel se convirtió en un joven tímido y solitario.

En una oportunidad, su maestra dio para leer un libro de cuentos de terror de varios autores. El joven intentó leerlos, pero cada situación lo envolvía, era demasiado para él. Comenzó con un cuento de Lovecraft que dejó a la mitad porque no soportó la densidad de la atmósfera, quiso seguir con uno de Poe, pero pronto comenzó a sentir las mismas fobias del protagonista. Días después no había terminado ni un solo relato y ya había llegado el momento de la lección:

– A ver, Joaquín, dime tu opinión sobre el libro. ¿Has leído algún cuento?

Joaquín se puso de pie y comenzó a revolear los ojos esperando que algún compañero le proporcionara un dato útil.

– Leí uno sobre… un monstruo…– dijo mientras ojeaba el libro – No recuerdo el nombre.

– ¿Acaso leíste La llamada de Cthulhu?

– Ese leí; sí.

– Dinos de qué se trata – dijo la maestra.

– Es sobre un llamado telefónico… Aquel que lo recibe, se muere.

– Siéntate, Joaquín – dijo la maestra mientras anotaba otro desaprobado en la libreta del joven – Dime tú, Gabi, ¿qué cuentos has leído?

Gabi se puso de pie y comenzó a temblar. Era un excelente alumno, y aquella había sido la primera vez que no había terminado una tarea escolar.

– No leí ninguno. Es que…, no sé…, no los pude terminar.

Joaquín comenzó a reír:

– ¡Seguro que le dieron miedo!

Gabriel se ruborizó. Era cierto, le habían dado miedo. En cada acción vil que leía se veía así mismo realizándola, cada monstruo en las historias no era más que una máscara distinta para un mismo Gúlnarok.

La maestra perdonó al joven por su falta de lectura.De todas maneras, no era eso lo que preocupaba a Gabriel; él se quedó pensando en qué haría el Gúlnarok ante la risa burlona de Joaquín.

Durante el recreo, Gabriel observó a Joaquín desde lejos, sentado bajo una palmera. Cuando lo vio dirigirse al baño, lo siguió. Allí se puso detrás de él, y las sombras del lugar comenzaron a acercarse. Cuando Joaquín se dio la vuelta, todas las lámparas del baño explotaron a la vez.

No se veía nada, solo una pequeña silueta que comenzó a crecer con proporciones inhumanas

– Me encanta la oscuridad – dijo la silueta –, pues amplía mi visión. La luz tiende a cegarnos, sin dejarnos ver lo obvio.

Un golpe en el rostro dejó inconsciente a Joaquín. Lo encontraron horas más tarde, pero jamás se atrevió a explicar lo ocurrido. El informe dice que fue un caso de presión ocular. Gabriel no tuvo más dificultades en leer libros a partir de entonces. Joaquín tampoco, con la excepción de que el siguiente libro que leyó estaba escrito en braille.


IV


Una leyenda negra sobre el Gúlnarok se fue extendiendo, primero por el colegio y más tarde por toda la ciudad. Se hablaba de una sombra maligna que perseguía a un niño y que traía la muerte con ella. Era común descubrir a niños agazapados tras un pupitre, tiritando como hojas azotadas por el viento. Cuando eran descubiertos por algún profesor, el alumno solo conseguía responder entre balbuceos que había visto a la sombra negra como la boca de un lobo. Los adultos no les creían, pensaban que los niños habían dejado volar su imaginación abonada por el miedo y la oscuridad. Se habían asustado por el movimiento de una cortina o por el balancear de una lámpara de techo, pero si realmente hubieran encontrado a la sombra ya no estarían con vida.

Luego los mayores comenzaron a creerles. Algunos muchachos aparecieron con los ojos reventados, aplastados con sus propios pulgares. Otros no tuvieron tanta suerte, y sus cabezas fueron enterradas en un agujero excavado en el suelo con una fuerza sobrehumana y posteriormente rellenado, dejando a los niños sin aire que respirar. La oscuridad tenía muchos modos de matar, después de todo. De camino al colegio, Juan Ciechi, un alumno de tercero, atravesó la avenida más concurrida de la ciudad en hora punta, con un trapo cubriéndole los ojos. Alguien le había pegado el trapo con una especie de resina para que no pudiera arrancárselo.

Las muertes se sucedieron una tras otra, hasta la llegada del solsticio de invierno. La noche más larga del año trajo consigo un miedo cerval a la ciudad. Gabriel, más fuerte que nunca, recorrió las calles sembrando la destrucción envuelto por aquella oscuridad duradera.

Un grupo de adolescentes, creyéndose todavía inmortales a esa edad, decidieron enfrentarse a Gabriel y al Gúlnarok, pero no tardaron en descubrir que su inmortalidad era tan solo una máscara para el miedo. A uno de ellos le arrancó los ojos con unos ganchos para carne. El segundo murió con una capucha en su cabeza, degollado como si se tratase de una reedición de la revolución francesa. El tercero parecía haber sido rociado con ácido en la cara. Él mismo saltó desde un puente mientras corría sin visión como un pollo sin cabeza por el asfalto. Solo el cuarto consiguió huir, pero lo hizo cuando ya había perdido su ojo derecho, atravesado por un dardo.

El superviviente consiguió llegar hasta un bar donde había mucha gente reunida frente al televisor. Llegó gritando con el ojo todavía colgando delante de su nariz. La concurrencia lo miró horrorizado. Su cara, teñida de sangre, le daba el aspecto de un demonio salido de las entrañas de la tierra. Una mujer se desmayó al no poder soportar el horror mientras el niño contaba su terrible historia.

Se organizaron partidas de caza. Nadie estaba seguro de lo que iban buscando, pero todos tenían la certeza de que lo reconocerían en cuanto lo vieran. La búsqueda no tuvo que prolongarse demasiado, pues a media noche Gabriel se sentía tan fuerte como un dios, y fue voluntariamente al encuentro de aquellos pusilánimes que habían decidido enfrentarlo.

Ninguno de los cazadores había imaginado que tendría que combatir con un niño; tal vez un compañero de su hijo. Sintieron miedo al pensar que sus vástagos habían estado tan expuestos a la muerte, sin que ellos hubieran podido imaginarlo. Aquello los llenó de odio, y con una mirada cómplice y furtiva se pusieron de acuerdo para acabar con aquella criatura del averno.

Gabriel y su fiel Gúlnarok comenzaron tomando ventaja. Un par de hombres se dispararon en la cara a sí mismos nada más comenzar el altercado. Al ver aquello, otros tantos huyeron calle abajo pensando que así podrían evitar la ira del señor de la Oscuridad. Cambiaron de idea cuando un cable de acero les seccionó la cabeza. Estaba tendido entre los dos extremos de un callejón, pero la oscuridad les impidió verlo.

─ Relatos Oscuros –dijo Gabriel –, así son nuestros Relatos Oscuros ─ lo dijo con una voz tan grave que parecía imposible que perteneciera a un niño.

Una risa macabra que no provenía de ninguna parte siguió a las palabras del muchacho. Los adultos se sentían impotentes ante su poder, y el miedo les hizo encoger. Uno tras otro fueron cayendo sin visión y sin vida al frío asfalto tan negro como el reino de las tinieblas. Parecía que la ciudad entera iba a sucumbir ante el empuje de aquel monstruo y su sombra. 

Entonces ocurrió lo inesperado. Más tarde, muchos se atribuyeron la hazaña, pero lo cierto es que fue Hipólito López quien encendió las luces de su Ford Mondeo y privó al Gúlnarok de su poder. Al ver como la luz lo afectaba, los policías que estaban allí lo iluminaron con sus linternas, hasta que el engendro desapareció dejando que Gabriel enfrentara solo a un ejército de adultos armados hasta los dientes.

El muchacho comprendió que no tenía ninguna oportunidad y cayó de rodillas, rindiéndose sin condiciones. Varios hombres se le echaron encima y lo encadenaron de pies y manos, terminando así lo que más tarde sería conocida como La Noche Oscura.


V


Gabriel estuvo años a cargo de diferentes doctores que no hacían más que sedarlo cada vez que se comportaba de manera extraña. Las medicinas para la esquizofrenia lo mantenían en un estado de paz que él llegó a apreciar, pero no lograron matar al Gúlnarok.

Luego de la cantidad de asesinatos, jamás lo dejarían libre, pero la verdad es que él tampoco quería salir de aquel hospital; sabía que allí era el único sitio en donde podía tener a la bestia bajo control.

Luego de varios tratamientos, los psiquiatras lograron una forma de neutralizar la oscura personalidad de Gabriel sin necesidad de darle tantos medicamentos: lo internaron en una habitación solitaria iluminada con diez lámparas de luz clara.

Su acolchada habitación no tenía un centímetro de sombra, y el Gúlnarok durmió por años.

Gabriel se pasaba el día leyendo poesía e historias románticas, de hecho, leía cualquier cosa que no tuviera el más mínimo resquicio de terror entre sus líneas. No quería brindarle a la monstruosa criatura ningún incentivo para que volviera a emerger. Pero fue solo cuestión de tiempo para que tanta energía latente estallase de una vez.

Una noche, dos enfermeros se acercaron por el pasillo:

– Esta noche le daré una lección a ese loquito – dijo el más corpulento.

Había pedido el traslado hacía mucho tiempo, esperando la oportunidad de vengar la muerte de su hermano en el último acto violento de Gabriel. Y esperó una noche de fin de semana largo en la que el hospital estaba con muy poco personal.

El enorme enfermero abrió la ventanilla de la celda de Gabriel y se asomó:

– Hola, enfermito. Tú asesinaste a mi hermano en La Noche Oscura. Lo encontraron con una capucha en la cabeza, degollado. Eres un torturador y un asesino. Yo te quitaré lo loco a golpes.

Gabriel seguía sentado en el suelo en un rincón, con la cabeza baja, leyendo como si nada hubiese ocurrido.

El enfermero sacó un bastón de su cintura e ingresó a la habitación. Pronto debió cubrirse el rostro con la mano porque la luz lo estaba cegando.

–¿Por qué hay tanta luz acá? – gritó el enfermero obeso – ¿Puedes apagar algunas?

El más pequeño de los enfermeros salió de nuevo al pasillo y bajó cinco perillas; apagando todas las luces en el interior de la habitación. Varias sombras comenzaron a danzar en el suelo, rodeando a Gabriel, y de pronto éste alzó la mirada:

– Me encanta la oscuridad… – dijo al fin.




FIN




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martes, 8 de agosto de 2017

LA NIÑA QUE NO FUE






– Lamento decirles que aquello que temíamos es cierto – dijo el Dr. Reus –. Todos los estudios indican lo mismo.

Sofía esperaba sentada en el pasillo. Las enfermeras que pasaban la miraban con ojos fríos. Ella no quería estar allí. Quería regresar a su casa, jugar con sus amigos, volver a su vida de siempre.

– Tiene diez años, ¿verdad? – dijo el Dr. Reus –. Asumo que aún es niña.

Del otro lado de la puerta, la pequeña Sofía no podía escuchar la conversación que tenían sus padres con el intimidante doctor, y la espera la ponía cada vez más nerviosa. Sus pies inquietos aún no llegaban al suelo, y los movía hacia atrás y hacia adelante.

– He estado esperando una paciente como ella para poner en práctica el nuevo tratamiento en el que estuve trabajando. Los comprimidos que le daré han hecho que mi anterior paciente dejara de ovular; pero claro, eso no será un problema para Sofía debido a su edad.

Ese mismo día la niña comenzó el tratamiento. Dos comprimidos diarios durante una semana, dos comprimidos que la prepararían para un procedimiento que tenía más posibilidades de matarla que de lograr un efecto similar al deseado.

Durante aquella semana a Sofía todo le daba náuseas, y por supuesto, todas sus fantasías se vieron apagadas junto con su producción de hormonas. Sin embargo, los rumores ya habían llegado a su colegio, y una compañera de curso la acusó de mirarla con demasiada atención en el baño luego de la clase de educación física.

En la siguiente visita al hospital, la niña estaba aún más aterrada:

– Me han dicho que sigues teniendo los mismos deseos impuros – dijo el Dr. Reus –. Eres una paciente difícil. No hay problema; yo me especializo en los casos difíciles.

Una enorme enfermera de ojos fríos la llevó hasta una silla metálica y la inmovilizó con correas de cuero. Al final, le puso un casco unido a una palanca mediante un sistema de cableado.

El doctor acomodó sus lentes y una sonrisa mostró unos dientes amarillos mientras acomodaba el proyector frente a la paciente.

– Te mostraré imágenes perversas y haré que las odies tanto como las odia cualquier persona sana. Tú no tienes la culpa, Sofía; es eso que tienes en tu interior lo que te hace desear lo indeseable. No es un demonio, como creen algunos. “Él” está alojado en tu sistema nervioso, y voy a eliminarlo.

El proyector se encendió y el Dr. Reus apagó las luces. Mujeres besándose, tocándose, mujeres vestidas como hombres y hasta algunas con vello facial; una tras otra, las imágenes en blanco y negro se reflejaban en las pupilas de Sofía.

Las manos de la niña se retorcían ante el dolor que le causaban los impulsos eléctricos sobre su cabeza y sobre su columna vertebral.

– No te preocupes – dijo el Dr. Reus –, no quiero matarte; solo quiero matar esa parte de ti que te hace daño.

El tiempo pasó y Sofía cambió, pero no fue el cambio que esperaban sus padres. Había dejado de jugar con muñecas, había dejado de peinarse y de mirarse al espejo, incluso su voz sonaba diferente.

En medio del desayuno su hermano mayor intentó disimular la risa, pero la manera en que la niña sostenía la cuchara parecía ser la de uno de esos cuestionados antepasados del hombre de los que se estaba comenzando a hablar.

– ¿De qué te ríes, imbécil? – dijo la niña mientras sujetaba del cuello a su hermano con una sola mano.

Los padres tuvieron que volver a llevarla a ver al Dr. Reus, él parecía ser el único que podría hacer algo al respecto:

– Lamento informarles que los comprimidos no están dando resultado – dijo el Dr. Reus.

Sofía esperaba sentada en el pasillo del hospital. Las enfermeras pasaban cerca de ella pero le esquivaban la mirada.

– Está actuando más como un niño que como una niña, ¿verdad? – dijo el Dr. Reus.

Del otro lado de la puerta, Sofía no podía escuchar la conversación que tenían sus padres con el doctor, pero ya no le importaba; ella ya no estaba nerviosa. Sus pies no se movían, y en aquellas semanas había crecido tanto que llegaban con firmeza al suelo.

– Voy a someterla a un tratamiento un poco más extremo que el anterior. Les prometo que no me daré por vencido con el problema de su hija. Les aseguro que esta vez me encargaré de “Él”.

Pronto Sofía volvió a estar atada con cinturones de cuero, pero esa vez fue sobre una camilla.

La enorme enfermera le colocó el suero y las venas del brazo de la niña se hincharon fuera de lo común.

Sofía comenzó a respirar con fuerza, y los músculos de sus brazos se pusieron tensos; no eran brazos de niña, no eran músculos humanos.

La enfermera se alejó de la paciente, pero no tuvo oportunidad cuando ésta se liberó sin esfuerzo de los cinturones que la sujetaban. Aquella que alguna vez había sido una dulce niña dejó inconsciente de un golpe a la enfermera.

Sofía se acercó al Dr. Reus, y éste no la reconoció. La había convertido en algo diferente. Su piel había perdido el tono sano y rosáceo, para volverse de un gris opaco. Tenía el cabello grasoso, escaso, y sus brazos y piernas mostraban la fuerza sobrehumana con la que lo enfrentaría.

No era la primera vez que las prácticas experimentales del Dr. Reus terminaban en fracaso, y Sofía se terminó sumado a la larga lista de pacientes fallecidos. La niña había muerto, mientras que “Él” continuaba vivo.








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viernes, 24 de marzo de 2017

MUCHACHA ENCHUFABLE




La saqué de la caja y puse a cargar la batería. Poco después abrió los ojos; unos ojos brillantes y amarillos.

Virgen. Pura. Solo para mí.

Condicioné su cuerpo de curvas metálicas. La recorrí con los dedos, temblando de deseo ante su cromo inalterable.

Llené su memoria con la música y libros que más me gustaban. Llené su memoria con mis secretos. Llené su memoria con mis mentiras.

Muchacha enchufable… Ella me dio todo cuando me cansé de dar. Ella me aceptó tal y como era cuando no acepté esta realidad.

Le enseñé a odiar a mis enemigos hasta que fuimos nosotros contra el mundo; hasta que no hubo mundo fuera de nosotros.

La convertí en mi prostituta y en mi princesa, hasta que comencé a sentir que todo era demasiado fácil. Éramos de naturalezas distintas, y yo necesitaba tener una relación más pareja.

Un día encontré la solución; la compañía que me la vendió había sacado una actualización que permitía una transformación completa, y enseguida encargué las nuevas piezas.

Saqué todo de la caja y puse a cargar la batería. Luego cerré los ojos y me conecté.

Muchacho enchufable… Volví a abrir los ojos; unos ojos brillantes y amarillos.







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martes, 14 de marzo de 2017

HUMANOID





No importa la edad, sino la experiencia.
No somos presencia, somos energía.
No buscamos hechos carnales, sino intelectuales.
No somos personas, somos usuarios, no somos nadie.


EPISODIO I
ÚLTIMAS PALABRAS


Escribiré mis últimas palabras antes de perder las pocas facultades mentales que me quedan. No sé para qué lo hago; fueron tantas las cosas que quise en mi vida y que no obtuve, que ahora ya no sé ni lo que quiero.

Podrá parecer que escribí esto de corrido, pero al hacerlo sufriré de múltiples lagunas en las que no recordaré lo que estaba diciendo. Cuando eso me sucede debo leer desde un principio para retomar la idea, y la labor me cuesta diez veces lo que a una persona sana.

Mi nombre es Leonard. He olvidado mi apellido, a mi familia y a mis amigos. En mi mente, o disco rígido (como diría el malvado Dr. Juntz), solo tengo guardadas imágenes con rostros borrosos, sin rasgos de ningún tipo, y veo a los videos pixelados y sin sonido.

Muchos agradecieron a este maldito invento, pero yo fui de los que siempre sospecharon que este dispositivo terminaría llevando a la destrucción de la raza humana como la conocemos. Hablé con otros que pensaban lo mismo y comenzamos a organizarnos. Sabíamos que se trataba de una guerra que no podíamos ganar, pero el hecho de poder pelear por algo significa de algún modo que no todo está perdido.

Ya no recuerdo en dónde nos reuníamos ni con qué frecuencia; es más, ni siquiera recuerdo cuántos miembros llegamos a ser, pero sé que logramos descubrir varias señales de conspiración; señales que también he olvidado.

Hubo una época en la que pensamos en extraernos el dispositivo. Lo intentamos con uno de nuestros compañeros, pero luego de la cirugía quedó cuadripléjico y falleció pocos días después.

Una vez fuimos a buscar al Dr Juntz; creo que nuestra intención era secuestrarlo. Sin embargo, cuando lo vimos salir de su edificio, no lo reconocimos; en un instante nos habíamos olvidado de su apariencia. Nos miramos sin saber qué hacer mientras él subía a su automóvil sonriendo. No sé cómo sucedió, pero mis compañeros y yo nos vimos afectados a la vez por la misma laguna mental.

De pocas cosas estoy seguro, y esta es una de ellas: sé que él nos descubrió, y sé que fue él quien nos instaló este virus progresivo que destruye nuestros pensamientos.


EPISODIO II
EL AMADO DOCTOR JUNTZ


– Cuando era niño le pregunté a mi madre qué era el amor – dijo el Dr. Juntz.

El famoso Dr. Julius Von Juntz estaba sentado en un sillón redondo ubicado en medio del plató. Hablaba en forma relajada, contrastando con la imagen frívola que todos tenían de él. El periodista a su derecha estaba anonadado, y miró al público en un intento por entender la situación. El científico se tomó unos segundos para limpiar sus lentes antes de continuar con el discurso:

– Ella me dio un beso en la mejilla y dijo: "El amor es un sentimiento muy profundo, Julius; es querer que el otro esté bien y nos hace capaces de cualquier cosa. Es un poco egoísta; es abrazar con fuerza a una persona con miedo a dejarla ir. Amor es lo que yo siento por ti".

Todos en el canal quedaron en silencio; todos, incluso quienes lo miraban desde sus casas, sintieron una repentina empatía por el erudito. De pronto su rostro esbozó una nostálgica sonrisa que puso una lágrima en los ojos de más de una madre emocionada.

– Discúlpeme, Dr Juntz – dijo el periodista –; es muy tierna la historia que nos acaba de contar, pero no logro entender a qué apunta. Le pregunté acerca de la invención del dispositivo CID.

El científico se acomodó en el sillón poniendo una pierna sobre la otra; satisfecho con el modo en que se iba desarrollando la entrevista.

– Lo que mi madre hizo no fue otra cosa que codificar la concepción que tenemos del amor. Fue una definición imprecisa, y hasta cometió el error de definirla utilizando la palabra "querer", que es casi un sinónimo; pero el punto es que el concepto es definible y respondió a mi pregunta.

La historia de la madre del Dr. Juntz era tan falsa como la manzana que golpeó a Isaac Newton en la cabeza, pero a veces las anécdotas simplifican la explicación de un descubrimiento científico, haciéndolo más fácil de entender para el común de la gente. Aquel hombre delgado, de traje impecable y cabellos aplastados contra la cabeza, debió inventarla para poder hablar de su dispositivo y hacerlo ver un poco más “humano”.

– El cerebro es como un disco rígido – continuó el Dr. Juntz –, pero está codificado en un modo diferente al de los ordenadores. El hombre es complejo, pero no es infinito. La superficie de nuestros cerebros es finita y, por lo tanto, todo lo que pensamos puede ser expresado con proposiciones de un número n de palabras. Eso es lo que hice; durante siete años codifiqué todos los sentimientos y pensamientos humanos de modo que una computadora los pueda entender. Luego diseñé la red sensorial interna que expresa a los impulsos neuronales en código binario y los envía al dispositivo CID ubicado en la apófisis mastoides.

En la audiencia, al igual que en las calles, una de cada diez personas ya tenía instalado el dispositivo CID. Se trataba de un pequeño aparato que se instalaba en el hueso temporal, detrás de la oreja. Tenía conexión satelital a internet, un puerto USB y una luz azul que titilaba cuando se estaba utilizando. Al principio, las personas que lo tenían se lo cubrían con el cabello, pero cuando su uso se hizo masivo comenzaron a mostrarlo con orgullo. En pocos años, la humanidad no habría podido imaginar la vida sin aquel dispositivo.


EPISODIO III
NO ES EXTRAÑO


– David Rogers, pasa al frente – dijo la profesora.

El muchacho se levantó con toda la parsimonia del mundo. Miró hacia atrás y les sonrió a sus compañeros como quien está a punto de obtener un diez sin esfuerzo.

– A ver, David…, ¿has leído El extraño?

David Rogers cerró los ojos un instante y la luz azul junto a su oreja comenzó a titilar:

– Es un relato de Howard Phillips Lovecraft, ¿verdad?

– Así es – dijo la profesroa –. Les pedí que lo leyeran la semana pasada.

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo.

– Listo. Ya lo leí.

Sus compañeros rieron ante su soberbia sonrisa.

– ¿Qué opinas del cuento?

– Fue escrito en 1921 y publicado en abril de 1926 en la revista Weird Tales.

– Te pedí tu opinión, David.

– Me gusta mucho la parte: “No puedo siquiera decir a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás”.

– ¿Y por qué te gusta ese párrafo?

– Porque tiene muchos… muchas descripciones.

– ¿Cómo se les dice a esas palabras?

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo, pero la profesora lo interrumpió.

– Se llaman “adjetivos”, David. Además, dijiste esa frase de memoria. No…, en realidad ni siquiera la aprendiste de memoria; la dijiste gracias al dispositivo CID.

– Se equivoca, profesora; la dije gracias a mi sistema operativo Humanoid 9 que tiene instalado mi dispositivo CID; el último que salió a la venta. Los anteriores no permiten hacer eso con tanta velocidad. ¿Usted cuál tiene?

Sus compañeros volvieron a reír ante su soberbia sonrisa.

– Tengo el Humanoid 5. Estoy bien con este, no necesito otro por el momento. Estoy segura de que ni siquiera sabes utilizar todas las aplicaciones que tienes. Lee ahora la biografía de Lovecraft y lee de nuevo el cuento; presta atención al final esta vez.

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo.

– El párrafo dice: “Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo”. Respecto a Lovecraft, nació en los Estados Unidos, en Providence, el 20 de agosto de 1890, y falleció el 15 de marzo de 1937. Estudió en…

– No es lo que te pregunté, Rogers. Quería saber tu opinión respecto a ese cuento. Podrías haber hablado de que no forma parte de la mitología que Lovecraft inventó, y que se trata de una obra de la que muchos opinan es autobiográfica. Podrías haber dicho que se asemeja a las obras de Edgar Allan Poe, otro autor que hemos estudiado este año; pudiste haber hecho cualquier apreciación personal, pero no hiciste nada de eso.

Rogers reprobó la lección, pero no se preocupó. Volvió a su asiento a mirar videos en el interior de su mente, sonriendo como quien acaba de obtener un diez sin esfuerzo.

Meses después, terminó el ciclo lectivo y David Rogers egresó. Los demás docentes no eran tan exigentes como la profesora de literatura, e incluso ella no tenía mucho que objetarle a quien tenía instalados los programas más avanzados.


EPISODIO IV
EN MODO AVIÓN


– Deberías probarlo – dijo Erika –. Puedes ver todo lo que el otro ve, y oír todo lo que el otro oye.

Leonard no podía instalar el nuevo programa. Su sistema operativo era Humanoid 8, y el software requería del Humanoid 10 o superior.

– No tienes idea de lo que te pierdes – continuó Erika –. Ayer lo probamos con David; es impresionante.

“Otra vez lo está nombrando a ese imbécil”, pensó Leonard mientras su expresión evidenciaba sus celos.

– No le doy tanta importancia al dispositivo como tú y David – dijo Leonard –; solo lo uso cuando es necesario.

Leonard siempre ponía alguna excusa; decía que no tenía tiempo o que no estaba tan interesado en los nuevos programas, pero la verdad era que él no provenía de una familia adinerada como la de Erika y la de David Rogers, y su sueldo apenas le alcanzaba para pagar sus necesidades básicas.

Al igual que Leonard, mucha gente sufría las consecuencias de no actualizar su sistema operativo. Una versión más avanzada representaba montones de aplicaciones nuevas, un aumento en la velocidad de descarga y hasta la posibilidad de utilizar un mayor número de programas a la vez. Así, los que no podían adquirir la última versión del Humanoid quedaban expulsados del mundo moderno, como un robot obsoleto que se oxida en un callejón.

La diferencia generacional de su sistema operativo respecto al de Erika afectaba mucho en la relación. Su novia lo trataba como a un analfabeto, y poco a poco comenzó a alejarse de él. Llegó un punto en el que Leonard comenzó incluso a sospechar que ella lo estaba engañando.

Esa noche Erika iría a dormir a la casa de Leonard a tener un encuentro especial, o al menos así lo creía él. Leonard miró decenas de videos para aprender a preparar una deliciosa cena. Los veía de a tres al mismo tiempo; un sistema operativo superior le habría permitido ver un mayor número en forma simultánea, pero debió conformarse con lo que su Humanoid 8 le permitía hacer. Para acompañar el plato compró un buen vino tinto sin alcohol; la venta de bebidas alcohólicas estaba prohibida desde hacía décadas.

La mesa estaba puesta como la de un restaurant de lujo, pero Erika ni siquiera se percató de las velas y el mantel.

– Te ves muy linda – dijo Leonard en medio de la cena.

– Gracias. Ayer me aumenté el tamaño de busto.

– Sí, se nota.

Siguieron cenando en silencio durante unos minutos.

– Volviste a ser rubia.

– ¡Sí! Fue gracioso. La última vez que me viste lo tenía de color rosa, ¿verdad? Bueno, esta mañana me lo teñí de rubio, pero no me gustó, entonces me lo teñí de colorado, pero fue peor. Un rato después me lo volví a teñir de rubio, pero más claro, y esa vez sí me gustó.

Solo Leonard podía estar al tanto del color de cabello de Erika; ella era como la mayoría de las jóvenes, y se cambiaba el color y el peinado no menos de tres veces por semana.

Luego de cenar, él se acercó para besarla, pero Erika no pareció entusiasmarse ante su tacto. El joven no perdió las esperanzas e insistió como insiste la gente enamorada, y minutos más tarde fueron a la cama.

Ella se acostó boca arriba, esperando que todo terminase lo antes posible. Se quedó callada e inmóvil, como en modo avión. Leonard comenzaba a sentirse como un necrófilo cuando de repente ella lo sujetó de los hombros y se puso encima de él.

El muchacho no podía creer lo que estaba sucediendo, su novia tenía tanta pasión como las primeras veces que estuvieron juntos. Ella lo besaba, lo mordía, y se movía encima de él jadeando; era más de lo que él habría esperado.

El muchacho estaba hipnotizado por los nuevos senos de su amada y por el modo en que sus rizos dorados rebotaban sobre ellos. De pronto alzó la vista, y vio que los ojos de Erika estaban en blanco y que la luz azul de su dispositivo CID estaba titilando.

– ¿Qué estás haciendo? – preguntó Leonard – ¿Acaso estás hablando con alguien más?

Los ojos de Erika volvieron a mirarlo y su gesto lo dijo todo.


EPISODIO V
TODO ES CODIFICABLE


Al igual que Heráclito, Khayyam y Nietzsche, al igual que el ajedrez tiene al caballo, todo sistema tiene a alguien que no se resigna a aceptarlo. Unos años después de que el Dr. Julius Von Juntz inventó el dispositivo, surgió un artista cuyas esculturas no podían codificarse, obras que no estaban al alcance de las máquinas y que solo un humano podría entender. Ese artista era Kravchenko.

Las obras del gran Kravchenko deleitaban a sus seguidores y desarbolaban las mentes simples de sus detractores. Era arte en estado puro. Conceptualismo-romántico lo llamaban los primeros, y arte-basura los segundos. Sea como fuere, Kravchenko no dejaba indiferente a nadie; era un oasis de esperanza en un mundo gobernado por la regular obediencia.

El escultor de vanguardia dijo un día: “No todo es codificable, Dr. Juntz”. Luego habló de evocaciones de un aroma, de besos de reconciliación y de bromas entres amigos, y cuando anunció su siguiente exposición, desafió al científico a que pusiera sus nuevas obras en código binario.

Más de la mitad de la población mundial ya tenía instalado el dispositivo CID en la base del cráneo, pero Kravchenko se reusaba a instalárselo y decía que aquellos que lo tenían eran unos “patéticos transeúntes infrahumanos que vendieron su alma”. A pesar de su opinión, todos deseaban ver su trabajo.

La noche de la exposición en la Galería Nacional de Arte, el lugar se llenó de gente. Los visitantes contemplaron las obras del artista mientras intentaban explicar lo que sentían, pero no lograban expresarlo con palabras. Llamó la atención Héroes y marionetas, una escultura de un títere que escapa de unos hilos que lo sujetan para aferrarse a otros de una mano del mismo titiritero. Otra muy concurrida fue una enorme obra de una persona en una balsa de hueso, que navegaba por las venas de su amante en busca de su corazón.

– Nadie podría codificar mis obras – dijo Kravchenko en una conferencia –, son demasiado surrealistas, demasiado abstractas. Su lógica supera a aquella de los ordenadores, pues es la lógica de los sueños.

Kravchenko tenía razón, ni siquiera el Dr. Julius Von Juntz logró codificarlas. La gente comenzó a preguntarse entonces qué otras cosas no podían codificarse además de las obras de aquel artista. Pensaron que tal vez algunos sentimientos e ideas pudieron haber quedado fuera de sus mentes cuando éstas fueron codificadas por la red sensorial interna. La pregunta no duró mucho tiempo, pues el Dr. Juntz hizo que se prohibieran las exposiciones de Kravchenko culpándolo de corromper a la juventud. La justicia lo condenó entonces a pasar cinco años en prisión. Una vez detenido, el artista fue obligado a instalarse el dispositivo CID en su apófisis mastoides.

Así fue como todo, incluso el arte, volvió a ser codificable.


EPISODIO VI
TREINTA KILOGRAMOS


David Rogers estaba sentado en su sillón, tenía los ojos cerrados y su hogar estaba en absoluto silencio. No se había movido en más de veinticuatro horas; no necesitaba hacerlo, todos sus electrodomésticos eran comandados en forma inalámbrica.

En cuestión de segundos acomodaba la temperatura, la música y la luz ambiental. Incluso se alimentaba dando las órdenes desde el interior de su cerebro; ni siquiera necesitaba hablar.

Aquella noche estaba mirando diez programas a la vez, todo gracias a que tenía instalado el sistema operativo más moderno de su época: el Humanoid 16. Era un mundo de comodidad, un mundo al que muchos se habían acostumbrado; sobre todo David Rogers, quien a la temprana edad de treinta años padecía de una obesidad mórbida que no le permitía realizar ninguna tarea sin ayuda.

Alguien en su condición debía hacerse controlar con regularidad, y el médico le había dado la orden de colocarse un reloj monitor que midiera sus signos vitales de manera continua. Mientras el aparato atado a su abultado brazo derecho recolectaba los datos, le iba enviando correos electrónicos indicándole si su salud estaba mejorando o empeorando. Las notificaciones lo despertaban a veces, ya que se quedaba dormido con frecuencia; aunque David había alcanzado un estado en el que no había mucha diferencia entre el sueño y la vigilia.

“Su colesterol sigue siendo demasiado alto, señor Rogers”

David abrió los ojos. No le hizo caso a la información recibida y, con un pensamiento, dio la orden de inyectarse medio kilogramo de carne licuada directamente al estómago. Todo su cuerpo tembló cuando ingresó el alimento, y su grasa abdominal continuó vibrando durante varios segundos.

“Sus riñones continúan deteriorándose, señor Rogers”

David volvió a abrir los ojos. No le hizo caso a la nueva información y, con un nuevo pensamiento, dio la orden de inyectarse una crema batida de chocolate. La bebida enseguida pasó a formar parte de su torrente sanguíneo, y un chorro de saliva cayó de su labio mientras sus ojos se ponían en blanco a modo orgásmico.

“Esta semana ha bajado treinta kilogramos, señor Rogers. ¡Felicitaciones!”

Su rostro se transformó con aquella noticia, y una lágrima recorrió su inflada mejilla.

– “Bajado” – dijo con un suspiro –. No es la palabra adecuada.

Ya no pudo volver a dormir, y continuó cambiado de canal en cada uno de los múltiples programas que miraba a la vez en el interior de su cerebro.

De pronto recibió un nuevo correo con los resultados de sus signos vitales actualizados. Eran todas malas noticias a excepción de una. Al final del informe se leía otra vez la felicitación:

“La mayoría de los análisis han dado resultados negativos, pero el mayor cambio de esta semana ha sido el que haya perdido esos treinta kilogramos. Siga así y pronto alcanzará un peso saludable”

Otra lágrima recorrió su inflada mejilla.

– “Perdido” – dijo con un suspiro –. Esa es la palabra adecuada.

David se miró en el espejo que tenía enfrente, y su saturado corazón comenzó a latir con fuerza mientras respiraba con dificultad. De pronto recibió una nueva notificación:

“Su ritmo cardíaco está aumentando, señor Rogers. Si lo desea, un médico puede ir a su hogar en un tiempo estimado de tres minutos”

Los cambios en los signos vitales de Rogers se debieron a que había levantado el brazo izquierdo en un esfuerzo descomunal para sacarse el reloj monitor. Miró el artefacto y lo lanzó al suelo. Pronto recibió otro mensaje:

“Su ritmo cardíaco ha bajado a cero, señor Rogers. En cinco segundos un médico será enviado a su hogar. Si esto es un error, envíe un comunicado”

Apareció entonces un numero grande en el interior de su cerebro que tapó a los diez programas que estaba mirando a la vez:

“5”

“4”

“3”

“2”

Rogers avisó desde el interior de su mente que se trataba de un error, que aún estaba vivo. Dijo que debió sacarse el pulsómetro un momento, pero que se sentía bien.

“Una alegría que se encuentre bien, señor Rogers. Aprovecho este comunicado para felicitarlo de nuevo por haber bajado treinta kilogramos esta semana”

– “Bajado” – dijo con un suspiro –. Odio esa maldita palabra; esa no es la palabra correcta.

Rogers miró de nuevo su reflejo en el espejo que tenía enfrente. No habría podido siquiera decir a qué se parecía, pero se sintió como un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable. Se vio a sí mismo como una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debió haber ocultado por siempre jamás. Frente a sus ojos llenos de lágrimas estaba cicatrizando el muñón que le había quedado tras la amputación de su pierna izquierda; los médicos no habían podido salvarla, no después de tantos años de inactividad. Luego se miró la pierna derecha; estaba morada y llena de laceraciones, y pensó que no le faltaba mucho para perder otros treinta kilogramos.